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DERECHO, POLITICA, ROCK N ROLL Y LIBERTAD

miércoles, 17 de abril de 2013

LA LIBERTAD Y LA VIDA DEL LIBERAL MODERNO



Estimados amigos, les comparto el ensayo con el cual obtuve el 3er lugar en el Concurso Caminos de la Libertad en Mexico DF, en el que analizo lo que es "ser liberal" en relación a la vida moderna:

“LA LIBERTAD Y LA VIDA DEL LIBERAL MODERNO”
Amarse  a uno mismo es el inicio de un idilio que dura toda la vida, decía Oscar Wilde. Así, amar la libertad es ese idilio, el instrumento de esa aventura que implica la construcción de la propia identidad, pues ser libre es ser dueño de uno mismo.

Debido a que no se ama lo que no se conoce, reflexionar sobre la libertad y su valor en nuestro día a día, es incendiar ese amorío. En un mundo repleto de conceptos vagos y relativismos, conocer la libertad es conocerse a uno mismo, explorarla es explorarse, amarla es amarse, y así construirse, porque el ser humano es, en esencia, libertad.

Por ello, buscaré en estas páginas aclarar lo que considero es la libertad y sus implicaciones en nuestra vida diaria, descubriendo la libertad de carne y hueso que a veces se pierde entre hermosos conceptos y oscuras realidades. Empezaré descartando las falsas visiones sobre la libertad, buscando un concepto real para ella y finalizaré con lo que considero implica vivir como un liberal, como el amante de la libertad.

LAS FALSIFICACIONES DE LA LIBERTAD
Empecemos por lo que llamo las falsificaciones de la libertad: conceptos que entienden a la libertad de forma tal que la distorsionan, y sirven de excusa para sus enemigos.

La primera de estas distorsiones es entender a la libertad como un absoluto, como la ausencia de normas; como anhelo de una sociedad primitiva en la que los seres humanos serían iguales en todo, sin propiedad, sin leyes, ni gobiernos: una sociedad hipotética que restaure la “armonía de las cavernas”.

Es muy común escuchar  en los institutos y colegios de toda Latinoamérica difundir la idea Marxista de una comunidad primitiva ideal, en la cual todos los seres humanos convivían en paz y armonía, donde todo era de todos y no existían las diferencias, que en algún momento degeneró en opresión y diferencia cuando se plantó el primer cerco y surgió la propiedad, que luego caminó hacia un esclavismo perverso, que a su vez se transformó en un ordenamiento feudalista de explotación, que mutó hacia un estado burgués capitalista, que será reemplazado por un estado socialista que permitirá el paso hacia un ideal comunismo en el que se suprimirán las diferencias y el hombre volverá a su armonía primitiva. Eso no es así.

Aún cuando Marx acertara en la evolución de los modelos de producción, se equivoca al hablar de esa sociedad primitiva perfecta y sin diferencias,  de la “Armonía de las Cavernas” a la que supuestamente hay que retornar, pero que jamás existió. En realidad, lo que existió en un inicio como sociedad primitiva, no fue más que la expresión de la ley del más fuerte, el único ser verdaderamente libre fue aquel que logró imponerse por la fuerza.

Con todo el respeto que merece el maestro Russeau, creo que la historia nos ha demostrado infinidad de veces que el ser humano tiene más de hominis lupus que del llamado “buen salvaje”. En realidad, esta comunidad primitiva es la realización de la ley de la selva, o como Hobbes la llamaba con mayor acierto, el Estado de naturaleza, que en realidad el hombre abandonó al integrarse en sociedad para defender su propiedad y su integridad de los ataques de sus enemigos –hombres y animales- como claramente explicaba Locke.

Esta concepción de la libertad, coronada por el pensamiento Marxista, tuvo auge en los tiempos de la Ilustración, cuando se pretendía que a través de la técnica y la razón el hombre llegara a reconstruir esa antigua libertad absoluta, la cual había sido destruída supuestamente por la civilización. Sin embargo, esta utopía no desemboca en otra cosa que en el totalitarismo, pues para instaurar este régimen perfecto primero debe aniquilarse a la libertad real y concreta de los hombres, aquella libertad de carne y hueso, en función de una verdad oficial, ya sea de la religión, del nacionalismo o de la ideología del poder.  En este caso, la libertad se disuelve en el absolutismo de la utopía, cuyo concepto distorsionado es la  base de todos los colectivismos modernos que bajo diversos nombres, ponen a una inexistente voluntad social por encima de los individuos, coartando la libertad real en nombre de una preconcebida igualdad ideal.

Desde otro punto, la libertad también se falsifica en el excesivo individualismo atomista, al entenderla como la capacidad de cada uno para hacer lo que quiera, al margen de la sociedad, la ley y la razón. Esta forma de voluntarismo tampoco nos acerca hacia la libertad real, pues su aplicación llevaría a la aniquilación de la sociedad y del individuo mismo, ninguna forma de convivencia social sería factible si cada ser obrase a su antojo sin la más mínima responsabilidad.  La vida humana consistiría en la yuxtaposición de un determinado número de Robinsones. [1]

Este continuo choque mutuo únicamente garantiza la independencia, pero no la libertad real.  La libertad no puede entenderse sin la vinculación con los demás, lo cual implica responsabilidad; en palabras de Ortega y Gasset, vivir es convivir, vivir es un dialogo con el entorno. Esta posición atomista, a su vez, es base de los planteamientos utilitaristas, que no valoran la libertad como principio, sino únicamente por su resultado, y que, en posiciones extremas, justifican injustificables en su nombre.

En ambas “falsificaciones”, se aprecia claramente que la libertad separada de la razón y de la responsabilidad desemboca en el relativismo, que no es más que un falso pluralismo en el que acaba venciendo quien más grita, porque cuando todo vale lo mismo, cuando todo da igual, el único criterio válido es el del más fuerte.[2]

Esta libertad, frágil e indestructible, es actualmente a su vez amenazada desde múltiples ángulos, pero su principal ofensor sigue siendo quien se precia de ser su ente tutelar : El Estado. Hoy vemos que tanto en Europa como en Estados Unidos y en mayor medida en Latinoamérica –sea bajo el nombre de Socialismo del Siglo XXI o de Estado del Bienestar- se glorifica al Estado-Deidad, que crece invadiendo los espacios propios del sector privado e incluso los espacios íntimos de los ciudadanos. Se vuelve entoces una necesidad imperiosa la desmitificación de este Estado que se ha convertido en un verdadero Leviathan: monstruo devorador de hombres.

Desde la escuela, nos enseñaron a concebir al Estado como la comunidad políticamente organizada, apoyada en los conceptos de nación, pueblo y territorio, como una especie de ser superior englobante y supra individual. Así, la sociedad personificada se presenta en un romántico concepto como el ente formado por el pueblo -del cual es fruto- cohesionado por quienes tienen un acervo cultural común y un vínculo subjetivo de afecto hacia su nación. Estos elementos casi poéticos -hoy discutibles dada la pluralidad y diversidad de individuos de distintos orígenes, costumbres, pensamientos y lenguajes dentro de un mismo Estado- han contribuido a que pensemos en éste como una especie de Macro-Ghandi o Mega Junta de Beneficencia, filantrópico y providencial.

Destruir este mito es fundamental para la defensa de las libertades, debido a que el Estado y los gobiernos, son formados por ciudadanos de a pie, con sus intereses y derechos, como nosotros, pero que como organización, recuerdan más a Don Corleone que a Ghandi, con la diferencia de que –junto con las metrallas- el Estado se sirve de armas abstractas que le sirven de excusas, como los conceptos del Bien Común, el Orden Público y las Buenas Costumbres, que Don Corleone no tiene, y que, como indefinibles que son, terminan siendo excusa para la realización de la voluntad del poderoso de turno.

LA LIBERTAD DE CARNE Y HUESO
Una vez anotadas estas concepciones de libertad que no conllevan su verdadero sentido, es necesario buscar un concepto que la defina de mejor manera. A mi criterio, la libertad es lo que nos caracteriza como humanos y nos diferencia como especie, puesto que de ella se deriva la capacidad de decidir razonada y responsablemente.

Personalmente, concuerdo con Aznar, quien sostiene que la libertad es la capacidad del hombre de decidir su propio futuro e inventar su destino[3], capacidad que es individual pero que se desarrolla en un entorno y momento determinados. Así, esa capacidad de decisión e invención, se traduce en ser dueño de uno mismo, responsable de sus actos y decisiones que influyen en la dirección que tomará su suerte.

La libertad la ejerce uno mismo, en un concreto espacio físico y temporal que es el aquí y el ahora. Porque la libertad no es abstracta, se ejerce en el presente, direccionada hacia un futuro y con raíces en el pasado. Se ejerce en un medio que es la sociedad, la libertad es esencialmente cooperación y acuerdos, siendo imposible la libertad en soledad. Por esto, la característica principal de la libertad verdadera en una sociedad abierta es la responsabilidad, la capacidad de responder por nuestros actos frente a nosotros mismos y frente a la sociedad, cosechar los frutos de nuestras decisiones o sufrir las consecuencias de nuestras equivocaciones.

La libertad es también un deber exigente, es por esto que la construcción de la sociedad en función de la libertad es en sí misma una responsabilidad diaria, una actitud frente a la vida, ya que si bien la semilla de la libertad crece incluso en los ambientes más hostiles hacia ella, necesita de cuidados y riego constante para florecer, como una orquídea o como el amor de una dama, porque la libertad es mujer.

VIVIR COMO LIBERAL
Una vez expuesta esta humilde pero concreta visión de la libertad, se debe reflexionar ¿Cómo amarla? ¿Cómo ser el amante de la libertad, que la cuida y cultiva día a día, que la riega para que florezca en sí mismo  y en quienes aún no la descubren? ¿Cómo vivir como un liberal? En este apartado, explicaré por qué el liberalismo es la filosofía de la tolerancia y el respeto, además de ser económicamente la más eficiente forma de organización.

Para esto, debemos reflexionar sobre los principios que subyacen a la libertad individual, la libertad política y la libertad económica, tres aspectos de una misma libertad que se entrelazan para existir plenamente; ya que no es concebible ser libre sin poder elegir un credo político o expresarlo sin miedo, aún si éste fuese“políticamente incorrecto”, así como es impensable ser libre sin poder elegir en qué gastar el fruto de nuestro trabajo.

Desde el aspecto político, podemos encontrar presupuestos básicos del liberalismo, que permiten que se dé “el clima perfecto” para que florezca la libertad. Estos son: la democracia republicana, la economía de mercado, el Estado de Derecho, y por sobre todo, la defensa del individuo frente al Estado Interventor y sus abusos.

Desde el aspecto personal, quizá lo más importante del liberalismo es el respeto y la posibilidad de disentir y de debatir con altura, el derecho a llevar la contraria. Por ejemplo, la posición de algunos liberales respecto del aborto o de las drogas puede ser muy diferente de la de otros liberales, pero en el fondo, un verdadero liberal sostendrá “Yo pienso de esta manera, pero no te impongo mi pensamiento y escucho el tuyo con respeto”.

Desde el aspecto económico,  ser liberal implica reconocer que cada uno es el legitimo dueño del fruto de su trabajo y  de intercambiarlo como a bien le plazca con otros en condiciones de libre negociación, ya que nadie en un mercado libre aceptará un acuerdo en el cual desmejore la posición que tendría conservando su situación anterior, por lo que los acuerdos en una sociedad libre son siempre a beneficio de ambos participantes. Entendiendo que son las nociones de justicia  tanto en la adquisición como en el intercambio, y no el resultado de la distribución, los que definen lo justo.

Para ser liberal, hay que partir de dos principios,  aplicables en todo aspecto y en toda decisión, de los que deriva directa o indirectamente todo lo demás: LA PROPIEDAD DE UNO SOBRE UNO MISMO, y el PRINCIPIO DE NO AGRESION, que explican claramente Rothbard y Nozick, a quienes resumo a continuación:

La propiedad sobre uno mismo significa entender que: Yo soy dueño de mi mismo, de mi cuerpo y de mis pensamientos, así como tú eres dueño de los tuyos.

Esta es la verdadera soberanía, la soberanía individual. Es por esto que, el liberalismo es básicamente tolerancia y respeto hacia los demás, a reconocernos diferentes entre iguales.
Por ello, el principio de no agresión implica que: No puedo usar legítimamente la fuerza (sea violencia física o violencia coercitiva estatal) contra otras personas, salvo que sea para repeler una agresión.

De estos principios derivan los derechos individuales fundamentales para el liberalismo: libertad, integridad, propiedad y búsqueda de la felicidad.

Si soy dueño de mi mismo, debo ser libre. Libre de emplear mi tiempo y esfuerzo como considere conveniente, y de decidir sobre mi cuerpo y pensamiento como me plazca, siempre que no dañe a otros, limitado así por el principio de no agresión.

Si soy dueño de mi mismo, soy dueño de mi tiempo y esfuerzo, de mi trabajo y lo que hago con él, y por esto, lo que se modifica, transforma o crea con ese esfuerzo y tiempo, origina mi legítima propiedad. A la inversa, cuando los impuestos excesivos usurpan estos frutos de mi tiempo y esfuerzo, el Estado me está robando horas de trabajo, lo que equivale a trabajo forzado sin remuneración, es decir, horas de esclavitud.

Si soy dueño de mi mismo, nadie tiene derecho a agredirme, ni a mí ni a mi propiedad ni a mi libertad; sea mediante la fuerza física o mediante la fuerza coercitiva del Estado, así como yo no puedo legítimamente emplearla contra otros individuos.

Finalmente, si soy dueño de mi mismo, tengo derecho a construir mi propio proyecto de vida, a decidir sobre mi futuro y perseguir mis ideales y sueños, siempre que para ello no emplee la fuerza contra los demás.

Por estas razones, es el liberalismo la filosofía de la tolerancia, el respeto y la humildad. Pues los liberales no nos creemos sabios eruditos como para pretender imponer una convicción, una moral o siquiera una decisión a otros, ni para imponerle a una persona un plan, menos aún a toda una economía.

Aplicando estos dos principios a nuestra vida diaria, podemos encontrar armonía y respeto en nuestras relaciones interpersonales y equilibrio en nuestro desarrollo, tanto económico como personal, y encontrar respuestas a los temas más controvertidos. Porque al joven ciudadano actual le interesa más saber si deberá ir preso si le encuentran con un cachito de marihuana y si podrá usar métodos anticonceptivos con su pareja, que la marcha de la economía mundial y la burbuja financiera.

Así, partiendo del principio de propiedad sobre uno mismo y del principio de no agresión, se puede entender que una persona pueda ser conservadora respecto de sus convicciones personales y  a la vez liberal en lo económico. Por ejemplo, ser alguien muy apegado a una religión, valorar personalmente la tradición y la familia, negarse a consumir drogas o pensar que jamás abortaría, y a la vez apoyar el libre comercio y la libre expresión; siempre que esta persona no busque imponer dichas convicciones a los demás, por ejemplo, mediante una ley o una política pública, podría considerarse también un liberal.

De la misma manera, otra persona puede ser abiertamente liberal en sus convicciones personales: experimentar con drogas por creatividad o considerar que personalmente sí abortaría, a la vez que no desea consumir productos de transnacionales porque considera que para su salud es mejor el producto puramente orgánico de la granja del vecino; igualmente, mientras no intente imponer éstas convicciones mediante la coerción, podría considerarse también un liberal.

Puede haber también personas que, conservadoras en lo personal, pretendan imponer su visión a los demás, pensando que “si algo es pecado, DEBE también ser perseguido como delito”. Evidentemente, no serían liberales. Así como puede haber gente que, liberales en lo personal, propongan la intervención estatal obligatoria o la regulación de la economía o de la expresión, que tampoco serían liberales.

Un verdadero liberal reconoce que nadie sabe mejor que hacer con su vida que uno mismo. Por esto, el liberalismo como filosofía de tolerancia y de humildad, equivale a decir que cada ciudadano es su propio soberano. Reconocer que  la unanimidad y uniformidad son conceptos propios solamente de los cementerios; respetar esa soberanía del otro, y exigir respeto por la propia, eso es vivir como liberal.


[1] Perez Royo, Javier. “Curso de derecho constitucional” Marcial Pons.2010
[2] Aznar, José María. “Cartas a un Joven Español” Editorial Planeta S.A Barcelona, 2007 p.29
[3] Ibid. p 15.

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